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Sarabandas - Fotografía
     
     Mtro. Fernando Figueroa Sánchez



Patrick Modiano En el café de la juventud perdida

La metafísica de la memoria

La primera vez que supe de la existencia de Modiano fue en el 2013. Te interesará leerlo me dijo un amigo del Callejón de la Condesa en Ciudad de México. A ti, bibliófilo que te metes hasta el hartazgo con los autores nostálgicos del viejo mundo. Se refería a esos escritores que aprecio (o escritoras, como por ejemplo Herta Müller) quienes pueblan sus obras con vivencias juveniles o con esbozos de su vida relatados a través de un tercero. Por ejemplo, Bohumil Hrabal con su tío, o Bruno Shult con sus tiendas de color canela y su padre. Modiano cuenta con mi agrado, algo difícil de ganar hoy; es que ni cae en la estúpida sensiblería del pasado ni cuenta sus cosas como si la suya fuera la peor o la mejor que jamás alguien pudo tener.

A quién, si no a Patrick Modiano en En el café de la juventud perdida[1] se le hubiera ocurrido enlistar/fotografía/registrar/ retener el seguro refugio de la cotidianidad: un museo, una sala de cine o en el caso de esta novela un café. Modiano me recuerda a Giorgio De Chirico y sus cuadros metafísicos, en particular de Misterio y melancolía de una calle de 1914,  mediante los cuales rescataba lo que a su juicio eran los elementos esenciales de una calle o plaza… Así Modiano resalta aquel escondite en la ciudad, esa calle perdida en el mapa o el bar borroso que ya no existe pero que con frecuencia robó poco a poco momentos únicos de nuestra existencia. ¿Se quedarán en el olvido, en la sombra esos topos opacos, esos sitios que solíamos habituar ocasionalmente en el tiempo? Modiano dice que no y, lo que se me antoja genial en él, en su estilo, que sus personajes vuelvan a vivir sus pasos, sin forzarlos en la trama, sin que parezca que están obedeciendo al escritor; ¿van a desandar tal vez, lo que Modiano recorrió en algún efímero instante? No lo sabremos. Pero cada uno de ellos, desde su propia carga existencial en la novela, se topará a su debido tiempo en el camino frente a su propio dead end.

Para algunos el callejón sin salida será fatal. Louki, o sea, Jacqueline Choureau, o sea, Jacqueline Delanque de soltera, a quien desde chica detenía la policía por vagancia mientras su madre trabajaba en el Moulin Rouge, supo desde que probó la “nieve” con la calavera, o sea Jeanette[2], que el puto mundo solo le permitiría a ella, lo mismo que al grueso de la demás población del planeta, ser como se espera que deba ser, o si no, su enfermedad será manifiesta, evidente y deberá curarse. Premisas muy estudiadas por Michel Foucault, y antes que éste por Frederick Nietzsche; Bowing, el bohemio del café Le Condé para quien además de la francachela le fue indispensable llevar una libreta con los domicilios y días de visita de sus asiduos contertulios del lugar antes de que “se esfumaran en el anonimato de la gran ciudad”[3]; Roland, el cómplice ideal de la casi recién casada Jacqueline Choureau y junto con quien palpó, mientras le fue posible a la vaga pareja, lo que para él mereció reflexión además del eterno retorno de Nietzsche, las “zonas neutras” del París invisible, la tierra de nadie o, como las llamaba, con las lindes en suspenso[4]; y qué decir de Caisley husmeando para confirmar que el apuesto Jean Pierre Choureau, el esposo de Louki quien lo contrata para indagar sobre ella, es la quintaesencia de la monotonía con su rutina de oficina y su cuarto mal alumbrado. Todos ellos alumbran durante tiempo limitado -mientras leemos la novela- las penumbras que han envuelto aquellos lugares cotidianos del París en que le tocó crecer o vivir y que, por fortuna, o quizá por falta de ésta, nunca conoceremos.

Pero ¿de veras, para curarse, no tener esos bajones de tensión, hay que ceder, obedecer la forma en que se nos educa, como le aconsejó a Louki el médico de la plaza Blanche? No escaparse, no fugarse ni insistir en hallar “la vida de verdad”,[5] no repetir esas veladas y paseos. No es extraño que Modiano se pregunte, por cualquiera de los alter ego, qué sucede con las zonas neutras, probablemente se pierdan y, como Roland soñaba que Guy de Vere le decía con voz suave, soñar que alguien me dice…que no, Fernando, que los lugares simbólicos de un pueblo o de una ciudad no se pierden…

También podría olvidar todo lo anterior. Digamos que podría tararear ay jalisco no te rajes como Roland antes de enmudecer por el letrero donde informan que decapitarían aquel majestuoso árbol en los jardines de Luxemburgo[6], y para decirlo al estilo de Fernando Figueroa, podría reseñar que esta novela trata de una chica que, casualmente por ser adolescente, pero de ninguna manera por esta exclusiva circunstancia, siente la ingravidez, el alivio y la dicha absoluta que brinda el sopor de no pertenecer a nada; trata de Jacqueline de la Nada, como ella misma encimó en el título del libro.  Porque, a fin de cuenta, un día en la historia de esta chingona novela no existirá, por cierto, aquel frondoso árbol que se talará en invierno pero que los imbéciles del gobierno advierten que se sustituirá, ni Louki o la librería Vége, ni las lecturas de Guy de Vere o Le Condé pero al menos Modiano nos dejó esta foto de poco más de 100 páginas, testimonio de sus zonas neutras.

Por cierto, he musicalizado la reseña con esta linda pieza de jazz de Duke Ellington. Si logra contagiarle algo al lector, entenderá fácilmente lo que me transmitió En el café de la juventud perdida de Modiano.

 

 

 



[1] Modiano, Patrick, En el café de la juventud perdida. Trad. María Teresa Gallego Urrutia. Ed. Anagrama. España. Quinta edición, 2009. Barcelona. 131 Pp.

 

[2] Ibidem, p. 81.

[3] Ibidem, p. 18.

[4] ídem, p. 97.

[5] ídem, p. 44.

[6] P. 120.




12 de septiembre de 2017

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